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Desde mi cuaderno

Reflexiones breves y honestas sobre el camino ejecutivo. Lo que pienso un jueves por la mañana — sin filtros, sin fórmulas. Para mujeres de alto desempeño que quieren pensar antes de actuar.

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Desde mi cuaderno — Pilar Cristóbal

Todas las entradas

Cada entrada vive aquí de forma permanente — independiente de cualquier plataforma.

#12  ·  30 de julio de 2026

No era el jefe

El liderazgo por miedo no es un estilo de gestión: es un síntoma. Y adaptarte a él para sobrevivir tiene un costo que pocas veces se ve.

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#11  ·  23 de julio de 2026

El miedo disfrazado de humildad

A veces lo llamamos prudencia o sensibilidad política. Pero hay un miedo a sobresalir que aprendimos a llamar humildad — y frena carreras.

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#10  ·  16 de julio de 2026

El día que cambié para encajar

Suavicé mi comunicación porque era más segura, no más efectiva. Sobre el doble estándar y la diferencia entre evolucionar y reducirte.

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#9  ·  9 de julio de 2026

Avanzar sin mapa

Lo que costó navegar sin referentes. Y por qué quizá nunca se trató de copiar una trayectoria, sino de construir una brújula propia.

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#8  ·  2 de julio de 2026

Lo llamé cansancio

El burnout en mujeres ejecutivas rara vez llega anunciándose. Lo primero que destruye no es la productividad — es la curiosidad.

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#7  ·  25 de junio de 2026

El mito del profesionalismo

Hay una diferencia entre adaptar tu comunicación con intención y fragmentarte para sobrevivir. Y el costo se acumula en silencio.

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#6  ·  18 de junio de 2026

La segunda jornada que no aparece en ningún contrato

Son las 7:05 pm y empieza el otro trabajo: el que nadie evalúa, agradece ni contabiliza. Sobre la energía que consume.

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#5  ·  11 de junio de 2026

Lo que nadie te dice cuando entras al mundo corporativo

El sistema no fue construido para leer talento en silencio. La regla que nadie te explica en la inducción.

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#4  ·  4 de junio de 2026

¿Por qué conseguir más no calma esa sensación?

Si años de evidencia no bastan para convencerte de que perteneces a la mesa, quizá el problema nunca fue la evidencia.

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#3  ·  28 de mayo de 2026

Las buenas ideas no avanzan solas

No todas las buenas ideas fracasan por falta de valor. A veces llegan demasiado pronto, o a un entorno que aún no está listo para escucharlas.

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#2  ·  21 de mayo de 2026

La experiencia no se capitaliza sola

Llega un momento en la trayectoria donde ya no basta con saber hacer el trabajo. El futuro pertenece a quienes permanecen profundamente humanos.

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#1  ·  14 de mayo de 2026

La primera vez que no me disculpé por ocupar espacio

La primera palabra que salió fue “perdón”. Nadie en esa sala lo pedía. Solo yo.

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Desde mi cuaderno · #12 30 de julio de 2026

No era el jefe

Te quiero hablar de algo que pocas veces se nombra así: el liderazgo por miedo no es un estilo de gestión.

Es un síntoma.

Y adaptarte a él para sobrevivir tiene un costo en tu carrera que muchas veces no ves mientras está ocurriendo.

Durante mucho tiempo pensé que el problema era el jefe.

El que gritaba en las juntas.

El que se adjudicaba los logros del equipo.

El que tomaba decisiones arbitrarias y esperaba que nadie cuestionara.

Y durante mucho tiempo también pensé que la solución era sencilla: salir de ahí.

Cambiar de área.

Cambiar de empresa.

Cambiar de líder.

Lo curioso es que cuando finalmente ocurría, el alivio duraba menos de lo que esperaba.

Porque tarde o temprano aparecía una sensación familiar.

Distintas personas.

Distintos nombres.

Misma dinámica.

Y fue ahí cuando empecé a preguntarme algo que me incomodó bastante.

¿Y si el problema no era solamente el jefe?

Tardé años en entender que muchas veces el problema era más grande que una persona.

Era un sistema que premiaba ciertos comportamientos, toleraba otros y terminaba produciendo el mismo patrón una y otra vez.

Mientras yo intentaba sobrevivir a ese entorno, el entorno también me estaba cambiando a mí.

De formas pequeñas.

Difíciles de detectar.

Al principio parece adaptación.

Y a veces lo es.

Pero con el tiempo algunas adaptaciones dejan de ser estratégicas y empiezan a convertirse en hábitos.

Empiezas a medir cada palabra.

A reconsiderar cada opinión.

A preguntarte si vale la pena decir lo que realmente piensas.

A calcular quién está en la sala antes de decidir cuánto de tu criterio mostrar.

Y un día descubres que haces todo eso sin darte cuenta.

Lo que me sigue diciendo la mayoría de las ejecutivas que trabajan en culturas de miedo es que lo más agotador no es el jefe.

Es el cálculo constante.

El de cuándo hablar y cuándo callar.

Cuándo empujar y cuándo ceder.

Cuánto de una misma puede mantenerse visible sin que eso se convierta en un riesgo.

Ese cálculo ocupa espacio mental todo el día.

Espacio que debería estar disponible para liderar, decidir, crear, construir.

Y creo que ahí está uno de los costos más altos.

No porque afecte únicamente tu bienestar.

Sino porque termina afectando tu liderazgo.

Porque es muy difícil desarrollar una voz ejecutiva sólida cuando llevas años entrenándote para no usarla por completo.

No estoy romantizando esto.

No siempre hay una salida sencilla cuando el entorno es tóxico.

A veces la salida es literal: irse.

Y a veces no es una opción inmediata.

La pregunta más útil no es si el sistema va a cambiar.

La mayoría de las veces no lo hará tan rápido como necesitas.

La pregunta útil es otra:

¿Qué comportamientos estoy adoptando para sobrevivir aquí que no quiero llevar conmigo al siguiente capítulo de mi carrera?

Porque algo cambia cuando empiezas a mirar desde ahí.

Dejas de observar únicamente al entorno.

Y empiezas a observar qué partes de ti has ido ajustando para encajar en él.

No para juzgarte.

No para culparte.

Sino para decidir conscientemente cuáles de esas adaptaciones siguen siendo útiles y cuáles ya se convirtieron en una carga.

Porque sobrevivir a una cultura de miedo es una cosa.

Construir tu identidad de liderazgo alrededor de ella es otra muy distinta.

Y esa diferencia importa más de lo que parece.

¿Hay algún comportamiento que aprendiste para sobrevivir en un entorno difícil y que ya no quieres seguir cargando?

Sigue ocupando el espacio que ya es tuyo.  —  Pilar

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Desde mi cuaderno · #11 23 de julio de 2026

El miedo disfrazado de humildad

Reto: la próxima vez que enfrentes una oportunidad de visibilidad — un panel, una nominación o una presentación ante el equipo directivo — nota qué pasa adentro antes de responder.

No el "sí" o el "no".

El impulso que llega primero.

Eso es lo que quiero que observes.

Esta semana acompañé a una ejecutiva que rechazó ser nominada para un panel de liderazgo en su empresa.

No porque no estuviera preparada.

Lo estaba.

No porque no le importara la visibilidad.

Le importaba mucho.

La rechazó porque le dio miedo lo que podría pasar si decía que sí.

Cuando le pregunté qué exactamente, tardó en responder.

"No quiero que piensen que me estoy poniendo por encima."

No lo llamó miedo.

Lo llamó consideración.

Sensibilidad política.

Prudencia.

Y en ciertos contextos, puede ser todo eso.

Pero en este caso era miedo disfrazado de virtud.

Me quedé pensando cuántas veces yo hice exactamente lo mismo.

No siempre de forma tan evidente.

A veces era declinar una charla porque "había gente más preparada".

A veces era no enviar un artículo porque "todavía le faltaba".

A veces era minimizar un logro en una conversación importante para no parecer que me la creía demasiado.

Patrones pequeños.

Acumulativos.

Que construyen, con el tiempo, el perfil de alguien que hace mucho y se ve poco.

Lo que me sigue dando vueltas es que el miedo a sobresalir no es irracional.

Es una respuesta aprendida.

En algún momento, en algún contexto, destacar tuvo consecuencias reales.

Quizá generó críticas.

Quizá incomodó a alguien.

Quizá atrajo una atención que no se sintió segura.

El sistema interno tomó nota.

Y ahora intenta protegerte cada vez que aparece una situación parecida.

El problema es que lo que protegía en un contexto puede convertirse en freno en otro.

Y ahí es donde muchas oportunidades empiezan a perderse.

No por falta de capacidad.

No por falta de preparación.

Sino por una interpretación equivocada de la incomodidad.

Durante años pensé que la pregunta importante era:

"¿Me da miedo hacerlo?"

Hoy creo que esa es la pregunta equivocada.

Porque casi todas las oportunidades que cambian una carrera generan algún nivel de incomodidad.

La pregunta que intento hacerme ahora es otra:

¿Qué evidencia tengo de que realmente no estoy lista?

La diferencia parece pequeña.

Pero cambia todo.

Porque te obliga a salir del miedo y entrar en los hechos.

¿Me falta experiencia?

¿Me falta conocimiento?

¿Me falta preparación?

¿O simplemente me incomoda la exposición que vendrá después?

Son conversaciones muy distintas.

La incomodidad no siempre es una advertencia.

A veces es simplemente la sensación de estar entrando en una sala en la que todavía no te has acostumbrado a verte.

Y aprender a distinguir una cosa de la otra puede cambiar una carrera entera.

¿Hay alguna oportunidad que sigues evaluando desde la incomodidad cuando quizá deberías evaluarla desde la evidencia?

Sigue ocupando el espacio que ya es tuyo.  —  Pilar

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Desde mi cuaderno · #10 16 de julio de 2026

El día que cambié para encajar

Cuidado con asumir que ser "más firme" va a hacer que te tomen más en serio.

En muchos entornos corporativos latinoamericanos, la ejecutiva que adopta ese estilo paga un costo social que su par masculino no asume.

Antes de cambiar tu estilo, conviene entender las reglas del juego que nadie te explicó.

Yo las entendí tarde.

Hubo una decisión que tomé hace años y que me llevó mucho tiempo reconocer como una pérdida.

Decidí suavizar mi comunicación.

No porque fuera más efectiva.

Sino porque era más segura.

Había recibido suficiente feedback. No siempre explícito. A veces llegaba en forma de silencios después de hablar. O en esa sensación difícil de describir de haber dicho exactamente lo mismo que otros, pero haber generado una reacción distinta.

Mi forma directa incomodaba.

O al menos eso parecía.

Y poco a poco empecé a suavizar el borde.

Funcionó, en cierto sentido.

Las fricciones bajaron.

Algunas conversaciones se volvieron más fluidas.

La resistencia disminuyó.

Pero también perdí algo.

Tardé años en identificar exactamente qué era.

Creo que era esto: la tranquilidad de pensar algo y poder expresarlo de la misma manera.

Porque cuando empiezas a editar constantemente tu mensaje, aparece una distancia pequeña entre lo que piensas y lo que dices.

Y una distancia pequeña, repetida durante años, deja de ser pequeña.

Lo que me sigue pareciendo fascinante y profundamente injusto del doble estándar es que rara vez aparece como una regla formal.

Nadie te dice:

"Si eres mujer, sé menos directa."

Se filtra de otras maneras.

En el feedback informal.

En las interpretaciones.

En las etiquetas.

En la diferencia entre cómo reciben tu argumento y cómo recibirían exactamente el mismo argumento si viniera de alguien más.

Y si no lo ves, lo absorbes.

Eso fue lo que me pasó.

Durante mucho tiempo pensé que adaptarme era la única respuesta inteligente.

Hoy lo veo de otra manera.

Porque existe una diferencia enorme entre adaptar tu comunicación con intención estratégica y modificar una fortaleza legítima para acomodarte a la incomodidad de otras personas.

La primera es liderazgo.

La segunda es una forma silenciosa de renuncia.

Y esa diferencia importa más de lo que parece.

Porque las carreras ejecutivas no se construyen únicamente sobre resultados.

También se construyen sobre una identidad de liderazgo reconocible.

Sobre aquello que las personas aprenden a asociar contigo.

Tu criterio.

Tu presencia.

Tu forma de comunicar.

Tu manera de tomar decisiones.

Y cuando pasas demasiado tiempo corrigiendo precisamente las características que te hacen efectiva, corres el riesgo de volverte más aceptable.

Pero también menos visible.

No toda incomodidad que generas es una señal de que debes cambiar.

Algunas son una señal de que estás aportando algo que ese entorno todavía no sabe cómo recibir.

Y cuando una mujer me pregunta hoy cómo saber si debe modificar algo de su estilo, suelo sugerirle una pregunta sencilla:

¿Estoy ajustando esta conducta porque me ayudará a liderar mejor o porque hará que otros se sientan más cómodos conmigo?

La respuesta no siempre es evidente.

Pero suele ser reveladora.

Porque una cosa es evolucionar.

Y otra muy distinta es reducirte.

¿Hay alguna característica de tu liderazgo que has estado intentando corregir cuando quizá lo que necesitaba cambiar era la forma en que otros la interpretaban?

Sigue ocupando el espacio que ya es tuyo.  —  Pilar

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Desde mi cuaderno · #9 9 de julio de 2026

Avanzar sin mapa

Hay algo que pocas hablan: lo que costó navegar sin un mapa.

Y no me refiero al mapa del éxito genérico.

Me refiero al mapa de cómo llegar sin dejar de ser tú en el proceso.

Hubo un momento en mi carrera donde tuve que tomar una decisión que nadie en mi entorno había tomado antes.

No había manual.

No había una mujer un escalón más arriba que pudiera decirme cómo se veía desde allá.

Había opiniones.

Muchas.

Pero no mapas.

Y lo que más recuerdo de ese momento no es la decisión en sí.

Es la sensación de avanzar por una ruta donde nadie había dejado señales.

Pienso en eso con frecuencia cuando acompaño a ejecutivas que están en ese mismo umbral.

Las que llevan años construyendo una carrera sólida y de pronto se encuentran mirando hacia arriba y no ven a nadie que se les parezca.

No porque no haya mujeres talentosas en posiciones de liderazgo.

Es que hay pocas.

Y las que llegaron, muchas veces llegaron bajo condiciones que ellas mismas admiten que no quieren replicar.

Eso crea un problema que pocas veces se nombra.

Porque no es solo que no tienes mapa.

Es que algunos de los mapas disponibles apuntan a una versión del éxito que no deseas.

La mujer que llegó sacrificando todo lo demás.

La que convirtió el trabajo en el centro absoluto de su identidad.

La que alcanzó la posición que admirabas, pero perdió cosas que para ti también importan.

Y cuando esos son los únicos ejemplos visibles, el cerebro empieza a hacer conclusiones peligrosas.

Que para llegar hay que pagar ese precio.

O que si no estás dispuesta a pagarlo, entonces ese lugar no es para ti.

Ninguna de las dos es verdad.

Pero cuando no tienes referentes cercanos, es difícil saberlo.

Durante mucho tiempo pensé que el problema era encontrar a la persona correcta.

La mujer cuya carrera pudiera copiar.

La que me mostrara exactamente cómo hacerlo.

Creo que muchas veces buscamos mapas completos donde solo existen fragmentos.

Y quizá ahí está el error.

Porque las carreras más interesantes que he observado rara vez fueron construidas siguiendo un modelo único.

Fueron construidas tomando piezas.

La valentía de una persona.

La claridad de otra.

Los límites de alguien más.

La forma en que una líder protegió a su familia.

La manera en que otra defendió sus convicciones.

Ninguna tenía todas las respuestas.

Pero cada una aportaba algo al mapa.

Con el tiempo entendí que eso también es una forma de mentoría.

No encontrar a una persona que encarne todo lo que quieres ser.

Sino aprender a construir una brújula propia con las partes que sí resuenan contigo.

Porque tal vez el objetivo nunca fue replicar la trayectoria de alguien más.

Tal vez el objetivo era diseñar una que pudiera sostenerse en tu propia vida.

No necesitas un referente perfecto para avanzar.

Necesitas suficientes referencias para empezar a confiar en que puedes construir tu propia versión del camino.

¿Qué parte de tu mapa profesional sigue esperando que alguien más la valide antes de que te permitas recorrerla?

Sigue ocupando el espacio que ya es tuyo.  —  Pilar

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Desde mi cuaderno · #8 2 de julio de 2026

Lo llamé cansancio

Después de acompañar a ejecutivas en empresas multinacionales durante años, puedo decirte algo con bastante certeza: el burnout no es la señal de que no eres suficiente.

Es la señal de que llevas demasiado tiempo siendo suficiente para todos menos para ti.

Y la mayoría lo llama cansancio.

Yo también lo llamé así.

Durante meses llamé a lo que tenía "cansancio".

Después "una semana difícil".

Después "un trimestre complicado".

Después empecé a no llamarlo de ninguna manera.

Porque nombrarlo requería mirarlo de frente.

Lo que recuerdo de ese período es que dejé de tener curiosidad.

Que las cosas que antes me energizaban se volvieron inercia.

Que seguía funcionando.

Entregando.

Respondiendo.

Cumpliendo.

Pero desde un lugar que ya no tenía fondo.

Y lo más difícil de ver en retrospectiva no es que me pasó.

Es que en ningún momento el sistema me dio señales de que algo estaba mal.

Al contrario.

Los resultados seguían siendo buenos.

El equipo seguía operando.

Desde afuera, todo funcionaba.

Eso es lo que nadie te dice: el burnout en mujeres ejecutivas rara vez llega anunciándose.

No suele verse como incapacidad.

No suele verse como colapso.

Muchas veces se ve como una profesional altamente competente que sigue entregando exactamente lo que se espera de ella.

Por eso pasa desapercibido.

Porque el sistema mide outputs.

No mide desde dónde estás produciendo esos outputs.

Creo que el burnout no destruye primero el desempeño.

Creo que destruye primero algo mucho más valioso.

La capacidad de imaginar.

La capacidad de entusiasmarse.

La capacidad de preguntarse qué más es posible.

Cuando miro hacia atrás, eso fue lo primero que desapareció.

No mi productividad.

Mi curiosidad.

Y esa pérdida tiene consecuencias que rara vez aparecen en las conversaciones sobre burnout.

Porque las carreras ejecutivas no avanzan únicamente por disciplina y ejecución.

También avanzan por visión.

Por iniciativa.

Por la energía necesaria para imaginar el siguiente capítulo antes de que llegue.

Y es muy difícil construir ese siguiente capítulo cuando toda tu energía está ocupada sosteniendo el actual.

Por eso, si estuviéramos tomando un café y me preguntaras qué observar, probablemente no te diría que empieces por tus resultados.

Tus resultados pueden seguir viéndose bien durante mucho tiempo.

Te sugeriría observar otra cosa.

Tu nivel de curiosidad.

Preguntarte cuándo fue la última vez que aprendiste algo por interés genuino.

Cuándo fue la última vez que te emocionó una idea.

Cuándo fue la última vez que pensaste en tu futuro profesional con entusiasmo en lugar de únicamente con responsabilidad.

Porque he visto a muchas mujeres esperar a que el burnout afecte su desempeño para tomarlo en serio.

Y para entonces suele llevar mucho tiempo instalado.

La curiosidad, en cambio, suele avisar antes.

Y si algo he aprendido observando carreras ejecutivas durante años es que proteger tu capacidad de seguir imaginando el futuro no es un lujo.

Es una responsabilidad profesional.

¿Cuándo fue la última vez que evaluaste no solo cuánto estás produciendo, sino si todavía tienes energía para imaginar lo que viene después?

Sigue ocupando el espacio que ya es tuyo.  —  Pilar

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Desde mi cuaderno · #7 25 de junio de 2026

El mito del profesionalismo

Mito: ajustar cómo te comunicas en el corporativo es profesionalismo.

Realidad: hay una versión de eso que sí lo es. Hay otra que es ir dejando partes de ti misma en la puerta cada mañana. Y cuando no distingues cuál es cuál, el costo se acumula en silencio durante años.

Esto me lo pregunté muy en serio hace un tiempo, cuando alguien me preguntó cómo me comportaba en mi primera etapa corporativa.

Tuve que pensar.

Había una versión de mí que llegaba a las juntas con el tono calibrado, el entusiasmo moderado, el lenguaje ajustado. Una versión que había aprendido, muy temprano, que ciertos registros eran más seguros que otros dependiendo de quién estuviera en la sala.

No era mentira lo que mostraba.

Era una selección cuidadosa.

Y lo que me sigue dando vueltas es cuánta energía costaba mantener esa selección activa durante diez, doce horas al día.

Energía que no iba al trabajo.

Iba a gestionarme.

La madre que no menciona a sus hijos en la junta directiva.

La que suaviza su feminidad para que la tomen en serio.

La que endurece su carácter para no parecer demasiado emocional.

Todas haciendo cuentas todo el tiempo sobre qué mostrar y qué guardar.

Lo que tardé en ver es que hay una diferencia enorme entre adaptar tu comunicación con intención estratégica — que a veces tiene mucho sentido — y fragmentarte para sobrevivir.

La primera es liderazgo situacional.

La segunda es invisibilidad autoimpuesta antes de que nadie te lo pida.

Y el problema no es que lo hagas.

El problema es cuando ya no sabes por qué lo haces.

Si porque lo elegiste o porque el sistema te lo fue instalando de a poco.

Pero hay otro costo del que hablamos poco.

Uno más silencioso.

Más difícil de detectar.

Porque cuando pasas años mostrando versiones distintas de ti según la sala en la que entras, algo empieza a ocurrir con tu identidad profesional.

Las personas conocen fragmentos.

Una versión aquí.

Otra allá.

Una tercera en otro contexto.

Y aunque eso puede ayudarte a navegar determinados entornos, también puede volver más difuso algo que las carreras ejecutivas necesitan para crecer: una reputación clara.

Después de todo, las oportunidades importantes suelen llegar a las personas que otros pueden describir con facilidad.

Las que tienen una propuesta de valor reconocible.

Las que generan una impresión consistente incluso cuando cambian de contexto.

No es que dejes de adaptarte. Eso lo hace todo el mundo y tiene su lógica.

Es que te preguntes qué parte de cómo lideras, de cómo piensas, de cómo te expresas debería seguir siendo reconocible sin importar la sala.

Porque la adaptación estratégica puede abrir puertas.

Pero la consistencia es lo que permite que las personas te recuerden cuando tú no estás en la sala.

Y si hay algo que he aprendido observando carreras ejecutivas durante años es esto: las personas no construyen influencia porque son exactamente iguales en todos los contextos. La construyen porque hay algo esencial en ellas que sigue siendo reconocible en cualquiera de esos contextos.

Esa pregunta, cuando la miro con honestidad, todavía me genera incomodidad.

Y eso me dice que todavía vale la pena seguir mirándola.

¿Hay una diferencia entre la versión de ti que entra a una reunión importante y la que aparece cuando nadie está mirando?

Y más importante aún: ¿qué parte de ti permanece reconocible en ambas?

Sigue ocupando el espacio que ya es tuyo.  —  Pilar

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Desde mi cuaderno · #6 18 de junio de 2026

La segunda jornada que no aparece en ningún contrato

Terminas tu jornada corporativa. Son las 7:05 pm. Y empieza tu segunda jornada.

La que no aparece en ningún contrato. La que no tiene bono por desempeño. La que nadie evalúa, nadie agradece y nadie contabiliza. Y mañana vuelves a hacer las dos al mismo tiempo.

Esta semana tuve una conversación con una directora de operaciones que lleva doce años en su empresa. Brillante. Impecable. Y exhausta de una manera que ella misma no sabía nombrar.

Me dijo que últimamente siente que trabaja sin parar y aun así nunca termina nada.

Le pregunté qué hace después de las siete.

Silencio.

"Lo de siempre," dijo. "La cena, los niños, revisar que todo esté listo para mañana."

No lo llama trabajo. Nunca lo ha llamado así.

Y eso es parte del problema.

Porque cuando algo no tiene nombre, tampoco tiene peso en la conversación sobre cargas, sobre límites, sobre por qué el cansancio de las mujeres ejecutivas tiene una textura diferente al de sus pares masculinos.

Lo que me sigue dando vueltas no es que esto exista. Es que en casi todos los corporativos en los que he trabajado o con los que he colaborado, este tema no entra a la sala de juntas. No se mide. No aparece en las políticas de bienestar. Y cuando alguien intenta nombrarlo, lo más frecuente es que lo clasifiquen como asunto personal.

Como si la doble jornada fuera una elección.

Yo me pregunto: si esto lo vivieran en masa los hombres en posiciones de liderazgo, ¿cuánto tiempo tardaríamos en tener métricas y conversaciones institucionales al respecto?

No lo sé. Pero tengo una hipótesis.

Lo que sí sé es que las ejecutivas más brillantes que conozco no están agotadas porque les falte resiliencia. Están agotadas porque el sistema no reconoce la mitad del trabajo que hacen.

Y mientras pensaba en esta conversación me di cuenta de algo más.

Quizá el problema no es solo el cansancio.

Quizá el problema es qué se lleva ese cansancio.

Porque cuando hablamos de crecimiento profesional solemos hablar de habilidades, resultados, liderazgo o visibilidad. Pero rara vez hablamos de energía.

Y la energía es un recurso finito.

Las horas posteriores a la jornada laboral son, para muchas personas, el espacio donde se construyen relaciones estratégicas, se fortalecen redes, se desarrolla una marca profesional, se piensa en el siguiente paso de carrera o simplemente se recupera la claridad necesaria para tomar mejores decisiones.

Me pregunto cuántas mujeres ejecutivas llegan al final del día sin capacidad para nada de eso. No por falta de ambición ni de talento. Sino porque ya entregaron toda su energía en dos jornadas distintas.

Y entonces ocurre algo curioso.

La organización observa el resultado, pero no ve la ecuación completa.

Ve quién está disponible para asumir un proyecto adicional.

Ve quién tiene tiempo para construir relaciones fuera de su área.

Ve quién participa en determinadas conversaciones.

Ve quién parece tener más espacio para pensar estratégicamente.

Lo que no ve es todo lo que sucede antes de llegar a ese punto.

Gestionamos el calendario con obsesión. Pero pocas veces gestionamos la energía estratégica con la misma disciplina.

Tal vez una de las preguntas más importantes para una ejecutiva no es cuántas horas trabaja. Tal vez es esta:

¿Qué actividades que podrían acelerar tu crecimiento profesional están siendo desplazadas por trabajo que nadie cuenta?

Porque las oportunidades de liderazgo rara vez se construyen durante la operación. Con frecuencia se construyen en el espacio que queda después.

Y para muchas mujeres, ese espacio es exactamente lo que la segunda jornada consume.

¿Cuántas horas semanales estás invirtiendo en trabajo que nadie cuenta — y qué espacio le está quitando a la carrera que quieres construir?

Sigue ocupando el espacio que ya es tuyo.  —  Pilar

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Desde mi cuaderno · #5 11 de junio de 2026

Lo que nadie te dice cuando entras al mundo corporativo

Hay algo que no me contaron cuando entré al mundo corporativo.

No me refiero al manual de RR.HH. Ese sí llega.

Me refiero al otro. El que explica cómo funciona el juego de verdad.

Entré convencida de que si hacía bien mi trabajo, si aprendía rápido, si entregaba resultados — el sistema me vería. Automáticamente. Como por gravedad.

Tardé años en entender que eso no funciona así.

Hubo una evaluación de desempeño que no olvido.

Buenos números. Feedback positivo. Todo en orden.

Y al final, casi de pasada, mi líder me dijo:

"Necesitas tener más presencia."

Le pregunté qué significaba eso exactamente.

No supo responderme.

Me fui de esa reunión con la frase dando vueltas. ¿Presencia cómo? ¿Hablar más fuerte? ¿Interrumpir más? ¿Ocupar más espacio en las juntas?

Espera — nada de eso.

Tardé en descifrar que se refería a algo mucho más específico y más difícil de nombrar:

saber en qué conversaciones aparecer, con qué mensaje, frente a quién.

Eso no está en ningún curso. Nadie te lo dice en la inducción. Se aprende observando — a veces muy tarde, después de años preguntándote por qué hay personas con menos trayectoria que avanzan más rápido que tú.

Y lo que más me pesa de esa historia no es que tardé en entenderlo.

Es que al principio pensé que el problema era yo.

Que me faltaba algo. Que las personas que avanzaban tenían alguna habilidad que yo no tenía. Ah, espera — ahí está el error que quiero nombrar:

El sistema corporativo no fue construido para leer talento en silencio.

Fue construido para reconocer a quien sabe hacerse visible en los lugares correctos.

Nadie lo diseñó así a propósito. Simplemente así quedó. Y una vez que lo ves, no puedes dejar de verlo.

Lo que cambió para mí no fue el sistema.

Fue dejar de creer que el problema era yo — y empezar a ver que el problema era una regla que nadie me había explicado.

Y las reglas que ya conoces... las puedes jugar diferente.

Sin traicionarte. Sin perder quién eres.

Solo con más información sobre el tablero en el que estás.

¿Cuándo fue la primera vez que sentiste que el sistema medía algo distinto a lo que tú estabas entregando?

Sigue ocupando el espacio que ya es tuyo.  —  Pilar

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Desde mi cuaderno · #4 4 de junio de 2026

¿Por qué conseguir más no calma esa sensación?

Esta semana he estado pensando en algo que me resulta curioso.

Hay una idea que parece completamente lógica cuando empiezas tu carrera:

Si trabajo bien, me sentiré más segura. Si consigo resultados, confiaré más en mí. Si logro ese ascenso, dejaré de sentir que estoy improvisando.

Suena razonable.

Y, sin embargo, no estoy segura de que funcione así.

Porque he conocido mujeres con trayectorias impresionantes que siguen sintiendo exactamente lo mismo que sentían varios años atrás.

No menos dudas. No menos inseguridad. No menos miedo a equivocarse.

Sólo más responsabilidades. Más exposición. Más cosas que perder.

Yo misma lo conocí de cerca. En algún momento de mi carrera dejé de preguntarme si era capaz y empecé a preguntarme cuánto tiempo faltaba para que alguien se diera cuenta de que no lo era. Los logros llegaban. La voz, no se callaba.

Hace poco, durante una conversación con una amiga que trabaja en el sector financiero, escuché algo que no he olvidado.

Tiene una carrera que, desde afuera, parece impecable. Ha liderado equipos grandes. Ha recibido reconocimientos. Es una referencia dentro de su organización.

Y aun así, me confesó que cada vez que recibe una nueva oportunidad, una parte de ella piensa:

"Espero estar a la altura esta vez."

No cuando empezaba. No en sus primeros años.

Ahora. Con todo lo que ya ha construido.

Me quedé pensando en eso.

Porque si años de evidencia no son suficientes para convencerte de que perteneces a la mesa, entonces tal vez el problema nunca fue la evidencia.

Lo curioso es que, cuando pensamos en el síndrome del impostor, solemos asumir que es un problema de experiencia. Como si la solución fuera acumular suficientes pruebas de que somos capaces.

Pero cada vez estoy menos convencida de eso.

¿Qué pasa si el síndrome del impostor no desaparece con más logros porque nunca nació de una falta de logros?

¿Qué pasa si nació en entornos donde el reconocimiento era inconsistente? Donde el feedback llegaba tarde, o no llegaba. Donde las reglas cambiaban dependiendo de quién evaluaba. Donde aprendiste a confiar más en la validación externa que en tu propio criterio.

Si eso es cierto, entonces tiene sentido que cada nuevo logro produzca alivio... pero sólo por un momento.

Porque estás intentando resolver con resultados algo que nunca fue un problema de resultados.

Todavía estoy pensando en esto.

Pero sí tengo la sensación de que muchas mujeres talentosas están haciendo una pregunta equivocada.

La pregunta suele ser: "¿Qué más necesito lograr para sentirme suficiente?"

Y empiezo a sospechar que la pregunta interesante es otra: "¿Qué pasaría si dejara de usar el siguiente logro como prueba de mi valor?"

Si esta reflexión te resonó, me gustaría leerte.

¿Cuándo sentiste esa sensación con más fuerza? ¿Al recibir una promoción? ¿Al asumir un puesto más grande? ¿Al entrar a una sala donde eras la única mujer, o simplemente la más joven?

Sigue ocupando el espacio que ya es tuyo.  —  Pilar

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Desde mi cuaderno · #3 28 de mayo de 2026

Las buenas ideas no avanzan solas

Hay ideas que técnicamente son brillantes…

y aun así nunca avanzan.

Últimamente he pensado mucho en por qué sucede eso.

No todas las buenas ideas fracasan por falta de valor.

A veces fracasan porque llegan demasiado pronto.

O porque aterrizan en un entorno que todavía no está listo para escucharlas.

Y es curioso, porque cuando pensamos en presentar una propuesta importante solemos enfocarnos en perfeccionar la lógica.

Los datos.

El análisis.

La estrategia.

Los resultados esperados.

Como si una gran idea pudiera abrirse camino únicamente por mérito propio.

Pero con el tiempo he entendido que liderazgo ejecutivo también implica aprender a leer el contexto.

Entender qué conversación necesita ocurrir antes de la conversación importante.

Percibir cuándo una persona está realmente disponible para escuchar algo distinto.

Y reconocer que muchas veces las ideas no se presentan primero en una reunión.

Primero se siembran.

Después se sostienen.

Finalmente se aprueban.

Quizá por eso algunas de las personas más influyentes dentro de una organización no son necesariamente quienes hablan más fuerte.

Son quienes saben construir el terreno emocional, relacional y estratégico para que una idea pueda avanzar.

Porque tener buenas ideas importa.

Pero saber crear las condiciones para que esas ideas prosperen… también es liderazgo.

Sigue ocupando el espacio que ya es tuyo.  —  Pilar

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Desde mi cuaderno · #2 21 de mayo de 2026

La experiencia no se capitaliza sola

Hay una pregunta que no dejo de hacerme últimamente:

¿En qué momento la experiencia dejó de ser suficiente por sí sola?

He estado pensando mucho en cómo las trayectorias profesionales nos acostumbran a medir nuestro valor desde la capacidad de resolver.

Resolver.

Responder rápido.

Anticiparnos.

Sostener equipos, proyectos, crisis y resultados.

Y sí, esa experiencia importa. Mucho.

Últimamente también he reflexionado sobre algo distinto:

La experiencia no se capitaliza sola.

Porque llega un momento en la trayectoria ejecutiva donde ya no basta con saber hacer el trabajo.

El verdadero diferenciador empieza a ser cómo piensas, cómo influyes, cómo lideras conversaciones difíciles, cómo regulas tu presencia en la incertidumbre y cómo haces sentir a otros cuando entran en una sala contigo.

Curiosamente, las habilidades que históricamente fueron etiquetadas como “suaves” son las que hoy se están volviendo más difíciles de reemplazar.

La inteligencia artificial puede procesar información en segundos.

Puede automatizar tareas, optimizar procesos y generar respuestas.

Pero todavía hay algo profundamente humano que sigue definiendo el liderazgo de alto impacto:

La capacidad de leer el contexto emocional detrás de una conversación.

La intuición para construir confianza.

La claridad para influir sin imponer.

La madurez para sostener tensión sin perder identidad.

Quizá esta etapa profesional no se trate de correr más rápido.

Quizá se trate de hacer una pausa estratégica.

No para empezar de cero.

Sino para convertir toda la experiencia acumulada en una versión más consciente, más influyente y más humana de tu liderazgo.

Porque el futuro no pertenece únicamente a quienes saben más.

Pertenece a quienes logran permanecer profundamente humanos mientras todo alrededor se automatiza.

Sigue ocupando el espacio que ya es tuyo.  —  Pilar

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Desde mi cuaderno · #1 14 de mayo de 2026

La primera vez que no me disculpé por ocupar espacio

Hubo una reunión en la que entré sabiendo exactamente lo que quería decir.

Lo tenía claro. Lo había pensado.

Y aun así, la primera palabra que salió fue:

"Perdón, ¿puedo agregar algo?"

Nadie en esa sala pedía permiso.

Solo yo.

Lo observé durante semanas después de eso.

Cada vez que iba a dar una opinión, a corregir un dato, a proponer algo — había una disculpa pequeña, casi invisible, antes de atreverme a existir en la conversación.

No era timidez.

Era lo que aprendí que se esperaba de mí.

El día que lo cambié no fue dramático.

Fue una reunión ordinaria en la que dije lo que pensaba.

Sin "perdón" antes.

La sala no se detuvo.

Pero yo salí sintiéndome entera de una manera que no sabía que me faltaba.

¿Cuántas veces esta semana pediste permiso para decir algo que ya sabías?

Sigue ocupando el espacio que ya es tuyo.  —  Pilar

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