No era el jefe
Te quiero hablar de algo que pocas veces se nombra así: el liderazgo por miedo no es un estilo de gestión.
Es un síntoma.
Y adaptarte a él para sobrevivir tiene un costo en tu carrera que muchas veces no ves mientras está ocurriendo.
Durante mucho tiempo pensé que el problema era el jefe.
El que gritaba en las juntas.
El que se adjudicaba los logros del equipo.
El que tomaba decisiones arbitrarias y esperaba que nadie cuestionara.
Y durante mucho tiempo también pensé que la solución era sencilla: salir de ahí.
Cambiar de área.
Cambiar de empresa.
Cambiar de líder.
Lo curioso es que cuando finalmente ocurría, el alivio duraba menos de lo que esperaba.
Porque tarde o temprano aparecía una sensación familiar.
Distintas personas.
Distintos nombres.
Misma dinámica.
Y fue ahí cuando empecé a preguntarme algo que me incomodó bastante.
¿Y si el problema no era solamente el jefe?
Tardé años en entender que muchas veces el problema era más grande que una persona.
Era un sistema que premiaba ciertos comportamientos, toleraba otros y terminaba produciendo el mismo patrón una y otra vez.
Mientras yo intentaba sobrevivir a ese entorno, el entorno también me estaba cambiando a mí.
De formas pequeñas.
Difíciles de detectar.
Al principio parece adaptación.
Y a veces lo es.
Pero con el tiempo algunas adaptaciones dejan de ser estratégicas y empiezan a convertirse en hábitos.
Empiezas a medir cada palabra.
A reconsiderar cada opinión.
A preguntarte si vale la pena decir lo que realmente piensas.
A calcular quién está en la sala antes de decidir cuánto de tu criterio mostrar.
Y un día descubres que haces todo eso sin darte cuenta.
Lo que me sigue diciendo la mayoría de las ejecutivas que trabajan en culturas de miedo es que lo más agotador no es el jefe.
Es el cálculo constante.
El de cuándo hablar y cuándo callar.
Cuándo empujar y cuándo ceder.
Cuánto de una misma puede mantenerse visible sin que eso se convierta en un riesgo.
Ese cálculo ocupa espacio mental todo el día.
Espacio que debería estar disponible para liderar, decidir, crear, construir.
Y creo que ahí está uno de los costos más altos.
No porque afecte únicamente tu bienestar.
Sino porque termina afectando tu liderazgo.
Porque es muy difícil desarrollar una voz ejecutiva sólida cuando llevas años entrenándote para no usarla por completo.
No estoy romantizando esto.
No siempre hay una salida sencilla cuando el entorno es tóxico.
A veces la salida es literal: irse.
Y a veces no es una opción inmediata.
La pregunta más útil no es si el sistema va a cambiar.
La mayoría de las veces no lo hará tan rápido como necesitas.
La pregunta útil es otra:
¿Qué comportamientos estoy adoptando para sobrevivir aquí que no quiero llevar conmigo al siguiente capítulo de mi carrera?
Porque algo cambia cuando empiezas a mirar desde ahí.
Dejas de observar únicamente al entorno.
Y empiezas a observar qué partes de ti has ido ajustando para encajar en él.
No para juzgarte.
No para culparte.
Sino para decidir conscientemente cuáles de esas adaptaciones siguen siendo útiles y cuáles ya se convirtieron en una carga.
Porque sobrevivir a una cultura de miedo es una cosa.
Construir tu identidad de liderazgo alrededor de ella es otra muy distinta.
Y esa diferencia importa más de lo que parece.
¿Hay algún comportamiento que aprendiste para sobrevivir en un entorno difícil y que ya no quieres seguir cargando?
Sigue ocupando el espacio que ya es tuyo. — Pilar